jueves, 2 de diciembre de 2010

aterido

La noche de gélido cristal desvió mis pasos, llamándome mudamente. Un salto cuántico se produjo en mi raciocinio, lo que derivó en incremento sensorial como nunca. Entonces, reparé en el lánguido parpadear de las estrellas; y la evolución, lenta y grave, del universo semejando un témpano formidable, sombrío, que transcurre al lado de mi bote piel + hueso. Sobre ese tamiz apagado distinguí trinos en abandono, como de pájaros astronómicos, pero mis ojos resultaron escasos para penetrar la densidad. A pie firme, mantuve la vigilia; pues aquel extraviado piar tocó cuerdas interiores que antes no hube pulsado, infringiéndome el deseo de vagabundear sin temor al peligro, que pantallas imposibles de apagar por lo visto, emiten a como dé lugar y horario completo

Otro resplandecer vino a embargarme, era el aura pálida y vegetal emitida por un pino en su puesto de guardia. Estableciose entre el gigante sosegado y yo, una simbiótica empatía que nos conectó, pues de mí también dimanaba cierta opacidad, tal vez fruto del deja vú por falta de descanso o espectativas. Flotó mi pregunta rumbo al oráculo de ramas vista. En instantes imposibles de cronometrar, vino a mi hemisferio derecho, la inusitada respuesta: “los ecos que escuchas no provienen de pájaro alguno. Son lamentos, silbos, llantos, de espectros en desgracia que no encuentran su destino, y ocupan los efímeros castillos de aire invernal que los cirros hilan por el espacio. Luego, vientos antárticos impulsan estos mausoleos haciéndoles navegar bajo los astros, y difundiendo intraducibles mensajes entre los insomnes, proveyéndoles voluntad y motivos para no doblegarse ante las luces del albur”.

Aún temblando, y con los interrogantes en caja , me retiré de aquellos leves parajes. Ya regresaré cuando posea oídos capaces, y los sueños hayan migrado hacia aposentos que funcionan en otra dimensión.



Arlane

la imagen pertenece al artista Gabriel J. Gonzalez

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