sábado, 25 de diciembre de 2010





la extraña botellita se encontraba en el fondo del arcón heredado, generación tras generación calculo desde la conquista, año más año menos. ¿Qué iba a hacer?, la froté siguiendo el mandato que los cuentos imponen. Inopinadamente, comenzó a vibrar como pequeño terremoto entre las manos entregadas a su suerte; me mantuve incólume, en estos casos conviene mostrarse decidido, como buen intruso ante las cámaras. Por suerte, la añeja tapita había rodado cuesta abajo de mis piernas, entonces comenzó a emerger una especie de vapor azulado que fue arremolinándose delante de mis narices, semejante a cigarro de fumador sin frenos. No sufrí aturdimiento ni deseos de huir, aunque se materializó un hada en miniatura, o genio de la fecundidad, qué se yo, justo no traía los anteojos; además, primera vez que asisto a una aparición de esta índole, pero bueno, ya estamos en el baile, aprovechemos esta vuelta del destino, con lo que me preparé a formular esos deseos que vengo pergeñando desde la infancia, usualmente son tres, pero transaría con dos largos a esta altura de la vida...antes de que pudiera siquiera presentarme, aquel ser, con vocecita femenina e iracunda, expresó sin remilgos: –estas no son horas de joder!!–, y sin agregar palabra, salió orondamente por la ventana entreabierta, buscando quién sabe qué. Yo, de una pieza, acomodé lo mejor que pude el inútil envase bien al fondo de aquel baúl centenario, y salí en puntas de pie, con la secreta esperanza de que algún descendiente más avezado en estas cuestiones, o simplemente con mejor suerte, logre sacarle algún provecho. A mí el trasto ese ni de adorno, vea.

Arlane

(la imagen es del artista José Vedia)

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