jueves, 16 de diciembre de 2010

Tercer premio en el concurso del Sindicato de la Sanidad

El Forense




El Dr. Venancio Vera fue un eximio médico forense, obsesionado por la conservación de los cuerpos una vez fenecidos. Tras largos años de experimentación, con muchos sinsabores, logró una fórmula revolucionaria, basada principalmente en inyecciones de savia y suero, que lo llevó a la fama. El primer cadáver al que se aplicó el procedimiento, fue el de una indigente, hallada muerta en la vía pública a causa de los duros fríos invernales, que la morgue municipal donó de buen grado, a falta de alguien que reclamara el cuerpo. Durante los dos primeros meses nuestro doctor abrigó cálidas esperanzas, pues el cadáver se mantenía blando y lozano, pero luego comenzó a marchitarse y descomponerse sin remedio. El galeno realizó ajustes en la composición de la mezcla, agregando conservantes y savia de nobles árboles. Así, con el segundo occiso, hombre joven cedido por doliente familia de clase media, las cosas resultaron mejor, conservándose fresco por casi un año, al cabo del cual empezó a echar raíces por la planta de los pies; las uñas, que no habían interrumpido su crecimiento, se le tiñeron de verde forestal, y el cabello adquirió una sospechosa similitud a la agujas perennes de las coníferas. Ante la inaudita eventualidad, Dr. Vera consultó a un perito agrónomo de su entera confianza, quien, luego de revisar al ejemplar en cuestión, sugirió sembrarlo en tierra negra, con los pies naturalmente hacia abajo, regándolo periódicamente con agua de lluvia, o mineral en caso de sequía. Así se mantuvo, aunque desarrolló ramaje, se le cuarteó un poco la piel (detalle subsanado con abundante agrocosmético), y creció un par de metros, como perfilándose para el lado del sol. A pesar de los cambios, se lo podía reconocer, por lo que sus familiares se mostraron profundamente agradecidos con Dr. Vera, y acopiaban aguas llovidas por si las moscas. La noticia corrió como reguero de pólvora, y pronto hubo largas filas de enlutados cargando a sus muertos queridos, firmes en las puertas de la residencia del facultativo y a la espera de su turno. Él los aceptó a todos, porque también era hombre de buen corazón. Y les aplicó el mismo tratamiento, plantándolos, al cabo de un año, en los amplios fondos de la casa, donde permanecía el primer espécimen, que ya para entonces brindaba significativa sombra. Con el paso de las estaciones, el médico notó tenues signos inteligentes en sus pacientes, puestos de manifiesto por susurrantes revelaciones y pronósticos de lluvias, provenientes de aquellas gargantas arbóreas, novedad que también advirtieron los parientes que visitaban a sus extintos en flor. Y, otra vez la noticia cubrió las latitudes de aquella comarca, llegando hasta el propio Vaticano, que debió realizar una desmentida que nadie apoyó.

Hoy en día, Dr. Vera es reconocido en el mundo entero, y posee una inmensa fortuna, aunque no se deban estos privilegios a su habilidad como embalsamador, sino a ser el responsable del primer bosque orador en la historia, más la pericia en descifrar las corazonadas de sus protegidos.




Arlane

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