domingo, 20 de febrero de 2011

conjeturas






arriba del bondi, rumbo a mi laburo nocturno otra vez. Ya estoy medio cansado con tantos días sin franco porque mi compañero se fue de vacaciones, qué vamoacer. Mi lánguida atención recepta algo en el ambiente cerrado del vehículo, trato de comprender qué cosa es. Ahora lo veo, ocurre que aquí flota un aire de irrealidad, parece todo normal pero hay signos que difieren, no encajan. El volumen de las voces tiene un registro demasiado alto, con tonos agudos que son impropios en estas latitudes. Sólo hay conversaciones de parejas, no veo grupos o familias charlando, y eso que esta línea pasa por el cine lindo los domingos. Una mujer, que viene de trabajar porque lleva uniforme de compañía de limpieza, va con el celular clavado en su oreja derecha, y conversa a los gritos con su interlocutor/a, nadie parece prestarle atención aunque descubro rápidas miradas de complicidad y sonrisas en consecuencia. Es petiza y extremadamente fea, además va cambiando de asiento sin ton ni son, primero se pasó de uno compartido al individual de adelante, al rato la veo venir de vuelta para acá, con el telefonito como injertado, y se acomoda en otro asiento de dos, más atrás. ¿Qué busca con esos traslados?, encima renguea, por lo que cuando el chofer agarre algunos de los pozos habituales, puede ir a dar de narices contra el vidrio trasero. Calculo que padece un raye importante, o forma parte del cuadro surrealista, montado para confundirme. En ese caso conviene no perderla de vista pues debe representar un papel importante dentro de la comedia en progreso.

Todo cobra un tinte ilusorio, no debí pasarme tantas horas frente a la PC con este cansancio hasta los huesos. Para ponerme a la altura de las circunstancias, le cedo el asiento a una chica mucho más joven que yo, que por supuesto se niega, argumentando “no señor, quédese, no hace falta...”, y esas boludeces a esgrimir cuando no se sabe qué. Insisto ya de pie y alejándome a los tumbos con este colectivero de mierda que no perdona un bache. La piba termina sentándose en el lugar que dejé, su cara refleja duda, sorpresa, trato de no mirarla para que no sospeche ni piense estos viejos babosos. Luego, siento el característico apretón de garganta que me avisa cuándo cruzar de vereda o no saludar al vecino. Me bajo varias cuadras antes de mi destino, en ese colectivo se estaba cocinando algo desgraciado, no sé, algo de lo que mejor tomar distancia. Prendo un pucho con alivio, y miro al siniestro bus alejarse escupiendo humo y ruido a frenos, no estalla ni es envuelto por las llamas, no escucho tiroteo proveniente de su interior, sigue su itinerario como si tal cosa. Y yo en esta calle de la que no recuerdo el nombre, tan penumbrosa y lejana de donde me dirigía, propicia para golpes por la espalda o desprendimientos de losa.

Siento que vuelvo a estar en peligro

 
Arlane
 
imagen: LA NOCHE, de la artista Gisel Zárate

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