martes, 21 de junio de 2011

talismán

Existe, en alguna parte de la casa, un objeto que reviste gran valor para mí. Aunque trato de no aferrarme a las cosas que la vida va dejando en su transitar, esta posee un aura de fetiche, como si algo mágico la rodeara. Guarda en su interior fragmentos de recuerdos ajenos, que sin embargo también son míos. Es una pequeña caja de oscura madera, con cerradura metálica y base forrada en paño verde; heredada de mi padre, quien, a su vez, la recibió del suyo, es decir mi abuelo, al que no alcancé a conocer. Y siento que ahí laten vestigios de aquel misterioso y cercano familiar, cuya historia y personalidad averigüé por referencias, pero que desde niño despertaron mi curiosidad. Supe que fue poeta, bicicletero, reparador de electrodomésticos, y anarquista. Cuando tenía cuarenta años aproximadamente, se marchó de la casa familiar, junto a la mujer del servicio doméstico, hacia Jujuy, tras la quimera del oro. Dejando atrás esposa y dos hijos pequeños.


Creo que todo cuanto legó a mi viejo fue esa singular cajita, donde colocó un frasco diminuto que contenía algunas de las escasas pepitas de oro que logró juntar, escarbando las montañas del norte.


Resultando aquel precario regalo en una muestra de su infructuosa y utópica labor.


Murió empobrecido, lejos, y odiado por mi abuela. Aguardando el golpe de suerte que lo redimiera de tanto despropósito.


Aunque causó injustos trances a aquellos dos niños que eran mi papá y mi tío, no me cae mal. Y el único hilo conductor hacia su disparatado peregrinaje terrenal es la enigmática caja de tonalidad azabache, cuya llave resulta difícil de encontrar cada vez que se me ocurre revisarla, con la secreta curiosidad de ver si el oro se diluyó o devino en alquímicos diamantes.

Arlane
imagen perteneciente al artista Miguel Hachen


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