domingo, 17 de julio de 2011

vegetarnos

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Despojados de temor o prejuicios, Selena y yo nos internamos en un bosque abierto a las expectativas.
Desde la cabaña que alquilamos a Quique, contemplábamos cada mañana la belleza y el enigma de aquellas arboledas, alcanzando a percibir cierto encanto que flotaba brumariamente, desdibujando raíces y pastos, dejándonos una sensación de huertos elevados en son de paz. Y también nos maravillaba el bullir lejano de quién sabe cuáles especimenes . Casi sin planearlo nos internamos, mano con mano y ojo atento a lo que surgiera, en aquella comarca donde reina el verde sobre cualquier otro.


A medida que avanzábamos, el hormigueo de costumbre iba perdiendo intensidad, hasta convertirse en evocación sin parecidos, reemplazado por un discurrir más lento que se nos hizo fácil de llevar. Nuestras manos aferradas fueron ganando frescura. En un momento, al voltear hacia mi compañera, comprendí que ella había ingresado en la frecuencia mental propia de traslucimiento, pues sentía el pulso de su palma, pero apenas lograba distinguirla, reverdecida, mimetizándose con la foresta. Sólo sus intensos ojos azules indicaban dónde acontecía. Yo también fui presa de simbiosis, así de potente es la energía que despliega ese monte aunque uno se resista. Al observarme, descubrí que me estaba arbolando. No experimenté cambios físicos o mentales serios, pero debí detener la marcha para que las ávidas raíces, surgidas entre las costuras de mi calzado, se nutrieran con el fermento, presente en la hojarasca que alfombraba el rumbo. En la copa, arriba de las orejas, creo haber detectado cotorras con intención de anidar.


Así estuvimos por horas, tal vez días, disfrutando la fusión con los elementos del reino botánico, no nos apremiaban el hambre ni el afán por consumir más de la cuenta, hasta hicimos buenos amigos. Imaginábamos haber logrado independencia del humano deber para con el Estado y dioses afines al sistema. Involucrados con el entorno, comprendimos la armónica relación posible entre especies terrenales: yo me nutro de la tierra y otros vendrán a mis frondas por alimento y cobijo.


Salvas de sol rompieron aquel hechizo. Una identidad atávica como los sueños vino a despabilarnos, y buscamos la salida entre senderos poblados de flores y aves que nos saludaban de memoria. Semiconscientes y casi desnudos, nos rendimos al peso de nuestra condición natal.






Allí, bajo el alero de chapa, nos esperaba el gran Quique, con el mate listo y sonrisa cómplice, más algunas mantas de consuelo. Aunque llegamos abismados de silencio, él nos suavizó la vuelta a las luces, desplegando buen humor y comprensión, para que recuperáramos el habla y la conciencia de pertenecer a una especie que se presume impar, aunque nadie allí se lo creyera.






Pero, mi compañera y yo advertimos una brecha insalvable que nos diferencia de aquellos que partieron, tomados de la mano, desde la cabaña de piedra hacia el ámbito de lo silvestre.



Arlan

imagen= Daniel Mora

2 comentarios:

  1. eso nos dijimos sin labios, sin embargo aquí estamos como si tal cosa

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