domingo, 4 de septiembre de 2011

velado

profunda negritud del desfiladero, en que la calle abre su garganta de candor. Hacia ese inescrutable destino dirijo, con cautela, los pasos en falso. Concientemente voy a hundirme en la nada, allí donde es vano transitar, pues no persisten rutas a cara y seca, ni terreno capaz de soportar mi peso en puntas de pie.



Oigo cómo la oscuridad clama por otra víctima de humana especie, daño colateral, y, para mi congoja, luego de haber conocido la libertad cuando fui perro invulnerable al látigo del amo, he reencarnado en hombre hasta el tuétano. Como tal, sobrellevo el infausto destino clavado en los genes. Yo seré El Sacrificado, el que camina plácido entre el ruido. Algo mejor habrá luego, bajo soles de injusticia o de incógnito.


No descarto que existen mundos evolucionando ad infinitum dentro del turbio universo al que no penetran claridades y es también fuente de júbilo. Claro que varios artículos y hábitos serán extraños; como también el imperioso abandono de costumbres y entretenimientos, usuales durante el quehacer sin descanso. Pero, la vida en estas épocas es tan incierta, se diría una línea de montaje. El sistema adoptado por la sociedad de uso al por mayor, necesariamente contiene violencia y egoísmo, ansiedad por el salvesequienpueda, temor a los forasteros y a cualquiera que no porte color adecuado a los tiempos que corren. Tal vez, hasta pueda resultar ventajoso mudarse a la infinita nocturnidad. Debo tener en cuenta, además, que para mejor concentrarse no hay nada superior a las penumbras por doquier, sumando el ulterior silencio en torno, más un agitar de fantasmas en cercanías; dentro de ese punto límite no será posible utilizar equipos de audio, celular, ni siquiera ensayar el consabido silbo solitario del nómada que no capitula. La densidad lóbrega impide ese tipo de actos que pudieran parecer rutina bajo el zodíaco de TV. Allí no encontraré interruptores, corrientes tomaydaca, candil de campo sin alambrar. Los espejos se mimetizan con el meollo de la cuestión en la negra telaraña tendida para visitantes que no esperábamos, a punto tal que uno puede tropezar con su ser paralelo y no proferir gritos antes del choque identitario.


Entonces, imposible saber si se permanece en vida, o deambulamos, ciegos, eclipsados de muerte. Será el tacto al menor roce un sentido impar con que valerme, y la táctica de tierra arrasada mi mejor empresa.






Arlan

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