viernes, 16 de diciembre de 2011

deriva


Un aeropuerto cerrado, eso enteramente fue lo que encontré al bajar del taxi tan caro a mis bolsillos, que partió dejándome en ascuas. Oiga, por qué aeropuerto cerrado?, inquiero a transeúnte de paso vertiginoso, a guardia que fuma sin pena ni gloria, a pordiosero falto del habla y carro de tareas aunque carga cigarrillo mal liado en la zurda porque la otra
está ocupada con bolsas para desechos, e intuyo contiene secretamente  un importante gancho al hígado. Sin una respuesta que conforme tanta indagación, doy un rodeo como quien no quiere la cosa, y trepo al fin libre de culpa y cargo, por una explanada que no presenta mayor dificultad, quizás lleve a un mundo donde es menester que cuanto se oferta en su momento opere a horario, sin conflictos de poder o insuficiente mantenimiento. Aunque no, claro, no es así como funciona la cosa, porque detrás del pabellón para demoras no existe el mínimo empeño de satisfacer o colaborar con el cliente que siempre tiene razón?, ni hallo personal capacitado para despejar dudas de último minuto. Veo a una mujer con uniforme provocativo, quizás amable si nos conociéramos. Se aleja sin ambages a través de superficies en espejo, símil tíovivo, aunque espero alguna indicación de su boca frutal, hasta precipitarme en grito, no atiende nada que no sea su particular brillo, y sigue lo que fuera con obstinación digna de mejor empeño. Bien, hoy no se podrá elevar, siquiera un tanto así, amarga reflexión pero sólo la muerte no tiene remedio. Entonces me deshago de equipaje, accesorios que dificultan, ni especulo en dar con vehículos negroamarillos que acabarán por defraudarme lo poco que resta. Tomo una carrera corta si cabe, a velocidad tal que parezco veinte años menor y en peso adecuado a las circunstancias, enfilo hacia donde se pierden las luces demarcatorias y todo vestigio de urbanidad. Salto, con gracia de atleta bien entrenado, mejor comido. Hay un frágil alambrado que separa, simbólicamente, los diferentes estadíos levantados por alguna monarquía neoliberal que prometió no defraudarnos. Al caer de bruces sobre pasto argentino, reencuentro al menesteroso, ya dueño de la situación, en su ámbito, donde reina como un tuerto. Locuaz ahora, indica vía segura de escape más posible recorrido de bondi derecho a Plaza aunque parando en todas.
Adiós señor de los anillos de nicotina y sabio consejo, adiós niña entrevista sobre vitrales en órbita, y adiós viaje a las estrellas. Retorno a las tareas habituales, al hogar en duermevela, a mí por completo, montando trenes lentos pero seguros, ruta al conurbano de brazos abiertos como siempre para los pródigos que vuelven con la frente marchita por tantos desengaños .

ARLAN

imagen= René Magritte

2 comentarios:

  1. es que no se puede volver de otra forma que no sea con la frente marchita

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  2. es el estigma del habitante suburbano, pero también su ventaja

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