domingo, 28 de abril de 2013

la casa vieja

.
.
Dentro del caserón había el suntuoso living, copiado de Europa por antepasados hambrientos de celebridad y desconocidos olímpicamente entre la población. Adentrándose un poco más por los laberintos de ecos fúnebres, se topaba con el gran espejo, enmarcado en nácares de los siete mares, apenas colgando, y fijándose en todo mediante su impar ojo de vidrio, de vigía, hecho con aguas de los hirvientes salitres y guirnaldas llovidas mientras las fogatas de San Juan divulgaban tintes dantescos alrededor del coro infantil


Cuando crecíamos, o nos sentábamos a la mesa para borronear deberes escolares, o para comer envueltos en radiación televisada; él no perdía detalle. Su mirada acusadora nos pesaba en la nuca, alentando problemas de conciencia sin causa aparente. Abuela Paca nunca quiso contarnos su historia ni cualquier otra, lo indagaba de reojo, a veces podía sonreírse al pasar por delante de aquella lámina sin sombra, evitando cualquier excusa. Mirándolo sin pestañear se distinguían los estáticos oleajes, las almejas dormidas entre restos de naufragio.

Un verano llegó tío Femiano desde Uruguay. Él no sabía las reglas, reía mucho y fuerte, la importunaba a Paca sin importar que escucháramos; y nos reveló la procedencia del vigía constante, haciendo caso omiso de la censura sobre el tema que tres generaciones respetaban. Era una historia tan sonza que sin decir nada decidimos no creerle. Cuando se marchó, a la semana, a los dos años, sentimos alivio más que nada por Paca, que andaba como ida, cual extranjera en su propio territorio, fuera de sí.

Jamás volvimos a tocar el tema del espejo.

Éramos felices

No hay comentarios:

Publicar un comentario