domingo, 4 de agosto de 2013

fallecer poético

convertido en páramo de signos que rutilan a campo travieza, fuéseme visto más remoto, más vertical a la medida de las circunstancias, copiándo argumento semejante para sí y la descendencia hacia el último cataclismo/cartucho/carnicero Entonces concluímos en aquel funeral ya preanunciado por diferentes medios de prisa, en su frecuencia trunca a todas luces. Allá nosotros, congregados en torno a restos de quien fuera adalid de pobres y ausentes, occipitales, cuentapropinas. Qué desperdicio o bien qué maravilla!, su curso súbito, su despedirse en medio de tanta ciudad con los frecuentes vicios y colapsos. De esto hay cada día bastante pero no suficiente. Así se enlutan los humedales de la mirada natural, las vertientes del espíritu creador, lágrima interna de algún dios complicado, imposible de orarle por causal de nulidad. Entre preguntas se nos gastan los años por hacer, permaneciendo de pie en ayunas, en ascuas. Tornando a mandriles o dromedarios desencajados por tamaña duda hasta la muerte, como este que yace, boca al techo, pecho de golondrina migrante, tan completo de archivos y documentales, igual de muerto.

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