viernes, 22 de agosto de 2014

can paranoia

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Los vengo midiendo desde que doblé, seguro que ya me registraron y sacan cuentas con las miradas. Me viene un flash de los perros en la noche, ahora yo soy el extranjero, quizás abandonado o perdido, y vengo a caer en territorio ya marcado.
Sin dar crédito a mis actos, comienzo a trotar en cuatro patas. Cuando se acercan, haciendo alarde de su primacía, voy disminuyendo el tranco hasta detenerme en actitud pacífica aunque alerta. Me huelen groseramente, dejo hacer mientras planeo la huida. Pero no me atacan, bien porque no revisto importancia o porque no intuyen mi reacción. Opto por olerlos también y parece que eso es la señal de amistad que aguardaban. Dan muestras de simpatía, saltan o corren en círculos, parecen reír con sus largos colmillos. Los imito. De pronto echamos a correr hacia el bosque oscuro todos juntos, un ansia de presas vivas me invade, ahora voy riendo sin saber acaso qué es reír

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