domingo, 20 de septiembre de 2009

versiones

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Un pajarillo armaba el nido, ayudado por su compañera. Ardua tarea para el pequeño volador, iba y venía trayendo en su pico hojitas secas, trozos de madera, algún hilo de color para dar un toque personal. Este animalito alcanzó a divisar, entre vuelo y vuelo, a un hombre santo, que emanaba áurea luminosidad desde su asiento. Percibió, el ave sorprendida, cuánta paz irradiaba aquel ser y cómo ascendía, girando lentamente sobre los techos de su vivienda. Decidió mudar su proyecto habitacional a las inmediaciones de la residencia del humano dios.

El peregrino venía de largas distancias, disfrutando los silencios y aromas de los montes. No tenía otra misión más que confundirse con la naturaleza, pues era un exiliado voluntario de contaminadas orbes.
La sed lo apremiaba, y se dispuso a requerir agua en la primera casa que encontrara, pero, al llegar a la entrada de una humilde choza descartó llamar, pues una magnífica estatua captó su entera atención. Dedujo que el escultor había plasmado la imagen de un antiguo poblador en el momento de meditación profunda, sentado en posición de loto, como los yoguis hindúes. La quietud y recogimiento que desprendía la efigie, convencieron al caminante de que se trataba de terreno sagrado, por lo que sería mejor dirigirse a otra morada para saciar el anhelo apremiante
.
Solange canta canciones olvidadas, o jamás compuestas, mientras tiende la ropa en el alambre que su hombre dispuso entre dos árboles salvajes. La cabaña está sobre la ladera, que alberga la choza del único vecino, cien metros arriba. Entre sábanas y prendas, Solange divisa al hombre estático, sentado bajo el alero. Pasan los minutos y el tipo no se mueve, entonces, la buena mujer saca conclusiones: “allí lo tienen, el viejo hippie, duro como estaca. Se dio un buen saque, y seguramente su voluntad rueda por el propio infinito, un cosmos narcótico lo inmoviliza. ¡ Y buéh ¡, que disfrute el mambo, mientras no venga a joder...”

Cada cual ajusta su versión, y todas son verdaderas, porque la realidad es un acuerdo entre lo que existe y la interpretación personal que de ello se hace. Quizás sea este el motivo de la imposibilidad de conciliación entre testigos, y, menos mal que no se presentó ningún medio de prensa.

A todo esto, Paul el poeta maduro, concluida su meditación, recogió el largo cabello que la brisa montaraz había desarreglado, y se dirigió al interior de la choza, con la intención de relatar frente al grabador las sensaciones experimentadas: cómo percibió el vuelo cercano del ave, cuál fue la intuición sobre un visitante que no llegó, y de qué manera oyó a la vecina cantar su melodía irreal, entre flamear de telas y sospechas.
Lentamente, buscó la puerta de entrada, no se permitía ninguna urgencia, su ceguera lo apaciguaba.





Arlane
imagen de la artista Gisel Zárate

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