sábado, 17 de octubre de 2009

gracias a Neruda


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(post lectura de “vegetaciones”, poema de Pablo Neruda, libro Canto General)

Vierten hacia mí los manantiales de agua prístina. Un poeta de otras orillas ha encendido tanta sensación bautismal, que ya no pendo de las sombras dibujadas por el tubo fluorescente como témpano, que irradió compacta soledad en ciernes. Por ejemplo, aquí tienen el viejo escritorio que, si se fijan bien, ha mutado provechosamente en balsa de fórmica a babor, y desde su cubierta (un pasito para el fondo caballero), admiraremos amazónicos esteros que hunden su verdor en la profundidad de selvas pobladas de misterio. Desechando por un breve pestañeo la embarcación oficinesca, sumerjamos dudas en ese mar que tiende a caerse del mapa extremosur. Ah, fluidos tan puros acarician las escamas que pueblan nuestras espaldas tersas. Sí, es cierto que también este viaje iniciático nos va transformando, ¿qué más da, acaso no llegamos con la extremaunción entre los labios sellados?, ¿y la necesidad de sublimar la naturaleza?. Nuestras vértebras, así como casi todos los componentes del cuerpo, poseen una versatilidad inaudita. Disfrutémonos, tal el durazno en jugosidad.
Huelo el progreso de forestas y serranías; palpo, con estremecimiento colegial, el paso eléctrico del colibrí atareado en sus ocupaciones. También, brota de mis yemas cierta jauría de loros vociferantes y juglarescos. Oigo con todo el cuerpo la sedosa pata del jaguar, mimetizado de arboledas. Y, al fin me comprendo holístico, integrante de multitud de especies, de las que a su vez resulto. Ahora casi abrazo la idea del humano existir como sumatoria de aspectos preexistentes. Consideremos, señoras turistas, permutar la herida que infligimos a estos hermanos, por la participación cooperativa hacia la auténtica evolución. No se trata, ni ahora ni antes, de dominar las virtudes que prodiga nuestra Madre, no. Sino de colaborar en el desarrollo vital, que excita por todas partes, incluso aquí, en el desvaído edificio laboral, donde tubos quimioterápicos plasman un hombre frente a su escritorio inmóvil. Sueños de utopía le asedian.

Arlane





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