martes, 15 de mayo de 2018

Un día de esos


temprano estacioné el coche sobre una calle alejada del centro, y ya estaba como a media cuadra cuando escucho que me gritan, -eh!, la puerta del auto, flaco!-, resulta que había olvidado cerrarla y el tipo que venía en bici casi se da el palo, no me puteó de bien educado nomás. No encontré motivos para semejante distracción, solo la certeza de que iba a ser uno de esos días. Luego de respirar profundo tres veces continúe caminando sin rumbo, vi un local distinto y me mandé para ofrecer mis servicios de limpiavidrios y de paso conseguir anunciantes para mi programa de radio. Detras del mostrador verde, color que predominaba en el sitio quizás porque era un almacén vegetariano, había una extraña joven muy atareada, al acercarme vi que se trataba de una mujer pulpo, sus tentáculos, adornados por infinidad de pulseras y pañuelos, se movían a diestra y siniestra acomodando pilas de platos y cubiertos, anotando pedidos que alguien gritaba por el teléfono, saludando a un transeúnte. No se los conté para no dar mala impresión, este tipo de seres odian a los entrometidos. - Sí? - dijo a modo de saludo y pregunta, al levantar su vista comprobé que poseía ojos humanos, buena señal pensé, algo nos conecta. Pero le descubrí una insistencia de mirarme los pies y temí lo peor. Con precaución bajé la mirada para comprobar, con una mezcla de resignación y bronca, que llevaba zapatillas de diferente par. Para disimular empecé a hablar rápido, método erróneo porque a mayor velocidad aumenta el riesgo de que no se me entienda o pierda el hilo de la conversación.– Buenas!, le venía a pulpar un presumido por les vidrix....–, "ay! la cagué", pensé. Ella se corrió un mechón de pelo verde y rió fuerte, pude oler su aliento a mar, – cómo dijiste jajaja –. Me reí también, qué iba a hacer. – A ver, decime despacio –, me dio una tregua, asi que bajé dos marchas, – bueno, disculpame es un día de esos. Te decía que ofrezco mis servicios de limpiavidrios –. – Ah, bien! justo necesito algo así, ¿hacés trabajo de altura? –,  – Sí, hasta seis metros, si subo más pierdo el equilibrio mental –, – bárbaro! –, le sobrevino un hipo de alegría, característico de su especie, – hay un vidrio desertor que huyo a cinco metros arriba de lo permitido, hay que atraparlo, limpiarlo y colocarlo. Yo no puedo subir escaleras y los dueños no nos facilitan elementos de caza –. Ya dueño de la situación, respondí, – don worry, yo me ocupo, me facilitás una escalera o algo parecido. – Apuntó con un tentáculo libre hacia el fondo del local, – atrás de aquella puerta verde hay una extensible hasta diez metros –. No comprendí a cual se refería porque al carecer del índice su gesto fue panorámico. Eran cinco puertas verdes idénticas. Elegí comenzar por la primera de la derecha, sin ningún motivo en especial. Al abrirla me encuentro con un señor obeso, vistiendo frac y sentado en un retrete, leía un diario tipo sábana que llegaba hasta el suelo por lo que no pude ver si calzaba zapatos de charol o estaba descalzo, esto último parece banal pero es una táctica para descubrir si estoy soñando. – U, perdón! –, levantó su calva lentamente para responder, – está perdonado, lamentablemente no puedo atenderlo en este momento, por favor cierre y retirese hasta nuevo aviso –, al tiempo que dejaba escapar un pedo impresionante que hizo temblar las paredes azulejadas y me erizó la nuca. Apenado cerré esa puerta errónea, pero me repuse enseguida dirigiendo mi expectativa hacia la puerta contigua. Esta vez puse más cuidado, aproveché un espejo de la pared para atar mi pelo canoso, me negué a revisar otra vez mis zapatillas, y mantuve la capacidad de asombro. En esta ocasión tras la puerta encontré una kermese de barrio, con sus coloridos puestos, muy similar a las que mis padres me llevaban hace siglos, por los altavoces sonaba un hit de Carlitos Balá. Correspondiendo a ese deja vu, vi pasar una pareja mayor del brazo que podría asegurar se trataba de mis tíos Tola y Femiano, aunque jamás fueron cercanos y llevan más de veinte años fallecidos, por lo cual me abstuve de correr a sus brazos, ellos no repararon en mí por suerte, no hubiera sabido explicar mi presencia ni mi edad. Allí tampoco encontré la maldita escalera. Siguiente puerta= me resultó difícil abrirla, como si la madera estuviera hinchada por la humedad, me dió la pauta el vapor verdoso que salía por debajo, cuando logré hacer un espacio pude asomarme y contemplar un paisaje cubierto por la neblina, sumamente húmedo, tropical quizás, con abundancia de musgo cubriendo los arbustos y troncos caídos, al fondo se podían distinguir las figuras de árboles altísimos. De escaleras, nada. En eso, se oye un bramido apagado, como una vibración en el suelo, proveniente sin dudas de algún animal gigantesco y muy bruto. Resistí la tentación de salir corriendo, la curiosidad venció al miedo, entonces pude observar cómo se abrían las sombras con la irrupción de algo que no sé si catalogar como animal, pues aquella criatura enorme consistia en un ojo desproporcionado ocupando casi toda la cabeza, y el cuerpo pequeño en comparación, cuatro patas cortas y robustas, el resto semejante a una comadreja, con algunos pelos diseminados entre las capas duras de cuero. – Quién eres tú forastero –, con voz heavy metal preguntó dentro de mi cabeza, ya que no emitia sonidos, – Eeem...ando buscando una escalera, soy el limpiavidrios, señor...?–, no tenia esperanzas en que la explicación calmara a la bestia. –Soy el soy, podés decirme Luca. No sé qué es unaescalera, hace años que no contacto humanos, o siquiera los miro . Pero si te quedás podría llevarte sobre el lomo a conocer mi extenso territorio, o contarte mi historia personal, o jugar al veo veo–. La oferta era tentadora, además percibí la increíble soledad de aquel bicho, pero necesitaba el trabajo y era imprescindible hallar una escalera, así que sin pensar en palabras que estarían demás, de uno de los bolsillos del jardinero saqué un libro de Clarice Lispector, una de mis autoras favoritas, y se lo ofrecí a modo de despedida. Iba cerrando la enmohecida puerta y pude atisbar cómo el enorme ojo se enfocaba en las páginas y una lágrima verde oscura resbala desde su interior, en mi cabeza sonaba " luces calientes atraviesan mi mente, luces calientes atraviesan mi mente", sin duda el mantra de aquel bicho.
Quedan dos puertas y a esta altura la noción de tiempo y espacio es difusa, no puedo asegurar si hace una o cinco horas que vengo dando portazos, si el mundo continua siendo como recuerdo, por si acaso cada vez que salgo al pasillo miro para el lado del mostrador donde la mujer pulpo atiende diez labores al mismo tiempo y por los ventanales sigue entrando claridad. La siguiente puerta estaba caliente, para manipular el picaporte tuve que usar un par de guantes que llevo siempre en un bolsillo de mi jardinero. Alli se desplegaba una gran cocina humeante donde cinco personas iban y venian atareadas, eran chefs porque llevaban unos gorros blancos altos como galera y delantales a rayas verticales, y también eran ciegos, todo lo cual me llevó a la conclusión de que vivían allí dada la seguridad con que se desplazaban y la interminable lista de pedidos que un pequeño parlante emitía.
Debajo del delantal no llevaban ropas y susurraban entre ellos pero su oído hiper sensible captó mi presencia. – Quién?– preguntó la que parecía la voz cantante del grupo. – el limpiavidrios! – no sé porqué eleve la voz, ·– Ssshh, más bajo por favor. Qué busca–, –perdón, una escalera busco, me mandó la recepcionista–, –¿ la recepcionista?, preguntó uno de los hombres en tono desconfiado, –si, la mujer pulpo de la entrada–, – nunca la vimos jajaja– aportó la morocha del grupo y la que hacía chistes parece, todos rieron con ganas aún más cuando completó la frase, –aunque su olor a pescado llega hasta acá, jajaja–, acompañé la algarabía, tenian la risa contagiosa. – Bien –, retomó la voz cantante, – cómo es lo que usted busca, para qué sirve –. Nunca había descripto algo tan simple como una escalera pero esta gente no sabía de qué estaba hablando, comencé a explicar lentamente, ritmo que no me costó pues nadie me miraba, – es una hilera de peldaños en orden ascendente donde se apoyan los pies para subir o bajar, sujetos por dos barras laterales de metal o madera, usted apoya el pie en el peldaño más bajo, si su objetivo es subir, se toma de las barras, y sube el otro pie al peldaño siguiente, y así sucesivamente hasta alcanzar la altura deseada. Para más seguridad la escalera se apoya en plano inclinado contra una pared o mueble firme–, vociferé seguro de mi explicación. – Podría dejar de gritar? - exclamó de mal humor otro de los hombres blandiendo un cucharón cubierto de salsa verde, – nos aturde! – completó. – Bueno, nosotros no usamos ese elemento que dice, pero puede revisar el lugar cuidando de no volcar nada –, indicó la morocha. Esquivando ollas hirvientes, cocinas con diez hornallas encendidas y al personal que se habia quedado quieto escuchando mis movimientos, detrás de una heladera exhibidora aparentemente sin uso, apoyada en el piso y cubierta de telarañas, di con la escalera metálica. – ¡La encontré!–, fue mi exclamación de triunfo, – si sigue gritando lo vamos a sacar a cucharazos– me advirtió la voz cantante, –disculpe, es la emoción. Si me facilita un trapo para limpiarla–, uno de los hombres levantó un repasador, fui hasta él y lo agarré, luego quité el polvo y las telarañas, enganché la escalera a mi hombro y me dirigí hacia la puerta, _–adios y muchas gracias!–, –chau gritón– apuntó la morocha y todos rieron sin estridencia. Con un pie cerré la puerta, y me dispuse a realizar la tarea encomendada. Y ya enfilaba para el lado de los ventanales cuando la curiosidad volvió a jugarme una mala pasada, "¿y la quinta puerta qué guardará?, después de lo visto en las otras, allí puede esconderse algo inaudito, prodigioso tal vez". Como soy de seguir las corazonadas desvíe mis pasos hacia allí, frente a ella no percibí nada extraño, quizás un ulular apagado, como de lavarropas a dos cuadras. Abrí de un saque, ya no quería perder tiempo, instantáneamente una fuerza descomunal me succionó, sentí los pies despegarse del suelo, a la escalera la divisé girando, alejándose. Comprendí que me hallaba atrapado por la fuerza gravitacional de un agujero negro, ese misterio que la ciencia no logra desentrañar y sin embargo posible tras una simple puerta. Desde aquel carrusel pude atisbar tierras desconocidas, especies vegetales o animales completamente ignotas , y eso que soy muy leído. En otras vueltas miré a seres que aparentaban poseer inteligencia, habitaban extrañas construcciones, algunos reptaban, otros era delgados y pálidos en extremo, las pocas palabras que registré de ellos no tenían sentido ni semejanza con ninguno de los idiomas terrestres. Luego se me presentaron las diferentes etapas evolutivas, curiosamente pude entender cada sensación de la ameba, del árbol, de un pez muy antiguo, una tortuga, un perro, y no sé cuántos más incluyendo al hombre de las cavernas. Al fin comenzó a calmarse la velocidad de los giros, hasta que me sentí estable sobre el piso, iba caminando por la vereda de un lugar vagamente conocido. En eso escucho: –¡eh, la puerta del auto, flaco!–.
Confirmado, este va a ser uno de esos días

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